Batear No Es Un Proceso Consciente | Carlos Sanchez Impacto Deportivo

Batear No Es Un Proceso Consciente | Carlos Sánchez Impacto Deportivo

Aparte del miedo natural que tienen los bateadores al colocarse en el plato, hay otro factor fundamental a tomar en cuenta a la hora de batear.

LA PELOTA ES REDONDA y el BATE TAMBIEN.

¡Algo redondo chocando contra algo redondo!.

Entre a Detalles y Sabrá Mucho Mas….

Lo más lógico es que resbalen entre sí. Este aspecto único dentro de la física es lo que le da al béisbol su característica particular. Esto no se produce en ningún otro deporte masivo.

En el tenis y sus derivados, la bola es golpeada por una superficie plana (raqueta) que es grande en comparación con la pelota. En el hockey, un disco (puck) que rueda o se desliza es golpeado o guiado por un palo que termina en una cuchilla plana.

El bate que se usa en el críquet tiene tres superficies planas ¡es una tabla! (y la bola puede ser golpeada en cualquier dirección). En el golf, la parte que golpea la pelota es plana, y a tomar en cuenta, la bola está estática.

Y hasta en el billar (bolas estacionarias), la punta del taco es relativamente plana. Ningún deporte de estos presenta las dificultades que vemos en el béisbol a la hora de batear.

Un disparo en tennis o hockey puede ser razonablemente efectivo aún si el punto de contacto no es en el mismo centro de la raqueta o el palo.

Para batear en béisbol hacia territorio bueno, con la suficiente fuerza como para que nadie pueda capturar la bola, el contacto debe ser casi perfecto.

Del bate saldrá un batazo contundente alineado, sólo si la línea imaginaria que une el centro de la pelota y el punto de contacto en el centro del cilindro del bate es casi perfectamente recta. El tamaño del área en la que bate y pelota chocan es de menos de media pulgada.

Veamos las dimensiones: el diámetro de una bola de béisbol es de 2.868 pulgadas; el diámetro del bate, en su parte más gruesa, no puede exceder las 2.75 pulgadas.

Una recta en Grandes Ligas puede alcanzar las 100 mph, lo que significa que la distancia desde la mano del lanzador al plato (menos de 60 pies, ya que la pelota es soltada más allá de la goma que corona el montículo) es cubierta en menos de medio segundo.

PROCESO INNATO

Para conectar la pelota, el bateador debe comenzar el swing antes de que la bola llegue. Es una tarea de sincronización. En otras palabras, debe decidir si hará o no swing tomando en cuenta la primera parte de la trayectoria de la bola para lo que será el recorrido final, y tiene aproximadamente la cuarta parte de un segundo para tomar su decisión.

Luego debe iniciar el movimiento del bate, juzgar la altura, colocación lateral, y velocidad, ajustar el swing, y hacer contacto no más de un cuarto de pulgada por encima o por debajo del centro de la bola. Todo esto, a la vez que se cuida de no recibir un pelotazo.

En pocas palabras, batear no es un proceso consciente. Sería imposible. Es un reflejo entrenado, producto de cientos de miles de swings hechos desde la niñez.

Es fácil deducir por qué hay tan pocos grandes bateadores. Batear a nivel de Grandes Ligas es un talento innato – ¡ se trae de fábrica !

Muchos grandes bateadores terminan con una carrera mediocre debido a la falta de disciplina. No basta nacer con el don, es preciso trabajarlo, pulirlo, porque si no se hace así ese talento termina desvaneciéndose.

Otros no pueden desarrollar a plenitud todas sus excepcionales habilidades debido a accidentes y sus secuelas físicas y psicológicas. Tal fue el caso de TONY CONIGLIARO.

En casi cuatro campañas con los Medias Rojas, CONIGLIARO había soplado 104 jonrones y tenía promedio de .287 con 20 trancazos en 1967. Un pelotazo lanzado por JACK HAMILTON (California) lo alcanzó en la cara y lo sacó de béisbol por año y medio. La buena noticia fue que el toletero regresó en 1969 martillando 20 vuelacercas, siguiendo con 36 más en 1970.  La mala noticia fue que su vista había quedado dañada de forma permanente.

CONIGLIARO intentó seguir en el juego pero lamentablemente tuvo que retirarse después de tratar de volver con Boston en 1975. Finalmente terminó su carrera con promedio de .264 y apenas 166 jonrones.

En 1982 sufrió un ataque cardíaco que lo postró y debilitó hasta que finalmente, murió ocho años después, a los 45 años.

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